Lejos de causar molestia o desestabilización en el gobierno de la 4T, las elecciones fueron una muestra de que, como siempre fue el deseo de AMLO, el estado se mantuviera al margen de los procesos.

Anteriormente, los congresos eran verdaderas dictaduras, donde el partido dominante y al cual pertenecía el presidente en turno, tenía el poder absoluto, y ahí se tomaban las decisiones que tanto daño hicieron a nuestro país.

Se debe hacer mención de que, aún con las artimañas puestas en marcha por partidos como el PRI y el PAN, lograron quitar la mayoría partidos que forman la coalición con Morena, que es la mejor aliada del presidente. 

Los opositores gritan a los cuatro vientos que la victoria es para ellos, y una derrota (imaginaria) para, según ellos, el presidente.

Su miopía a conveniencia es tal, que no se dan cuenta de que Morena les arrebató estados tradicionalmente pertenecientes al PRI y al PAN, y con ellos, Morena gobierna a la mitad de los mexicanos.

O con su triunfalismo barato quieren hacernos creer que van a la alza, cuando en realidad, se les repudia, y los números nacionales no mienten.

En 20 años no había logrado un partido en el gobierno en una elección intermedia, una mayoría como la que logró Morena en la Cámara de Diputados en estas elecciones, lo cual habla de que las cosas se están haciendo bien.

Con la pluralidad de partidos que vemos en las cámaras, no hay posibilidad de que los opositores sigan anunciando que tenemos un gobierno dictador, ese discurso se les acabó. 

Podemos decir que hubo dos grandes ganadores el día de la elección, y no fueron ni el PRI ni el PAN, sino la democracia y el pueblo de México, quien demostró que sabe como ejercer su derecho al voto y como denunciar y terminar con los delitos electorales.

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